Volver a la portada
   
 
AVISO Usted navega por una versión antigua del web. Click para acceder a elojocritico.net
   
Navegación:   Portada arrow Literatura arrow Entrevistas arrow Kiko Amat, ética y estética
Kiko Amat, ética y estética
  • Currently 2.9/5 Stars.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
Media: 2.9/5 (1987 votos totales)
Versión para imprimir y conversión a PDF
viernes, 10 de abril de 2009
Por PEDRO GALIANO
Dos conceptos, una sola idea. Si estamos atentos a las respuestas de la entrevista que nos ha concedido el periodista y escritor de Sant Boi (1971), veremos que la cosa está clara, diáfana: sin ética no hay estética, sólo vacío sin emociones. Aproximándose a la segunda desde la primera, de forma impulsiva y autodidacta, se puede articular un discurso honesto y coherente, incómodo cuando es necesario, que dé de sí cientos de artículos y una trilogía de novelas. Publicada por la colección “contraseñas” de Anagrama, “Rompepistas” cierra el círculo iniciado por “El día que me vaya no se lo diré a nadie” y “Cosas que hacen BUM!”, tres historias de amor por la música, amor por lo anglófilo y toneladas de amor propio.

Kiko Amat: Rompepistas
Anagrama (colección Contraseñas)
320 páginas, 16.50

Corre el verano de 1987, y suenan Madonna y George Michael. Sólo que no en la vida de Rompepistas. Para él, un punk miope y desgarbado de diecisiete años nacido en el extrarradio de Barcelona, los únicos que importan son Generation X, los Clash, los Jam y su propio grupo, Las Duelistas. Las horas se aceleran al lado de sus mejores amigos: Carnaval, el batería gordito, Clareana, su ex novia, y el Chopped, cabecilla de los Skinheads por la Paz. Son los chicos con botas, con las almas rotas y la ropa descosida, sin modales y sin futuro, sin nada que perder. Y el universo de Rompepistas parece a punto de estallar: acaba de empezar una guerra sangrienta con una banda del pueblo de al lado, sus padres están a punto de separarse, Clareana le odia cada día más, Carnaval no le habla y el Chopped está perdiendo la cabeza. Llena de patadas y puñetazos, punk rock y reggae, victorias pírricas, curas malvados y el desespero callado del cinturón industrial barcelonés, Rompepistas es una emocionante novela de iniciación que narra con intensidad y gran sentido del humor el paso de la adolescencia a la primera juventud. Escrita con profunda sensibilidad y ritmo, y con la exacta mezcla de misantropía e ingenuidad de aquel Holden Caulfield que sedujo a miles de lectores, Rompepistas explora la amistad y la culpa, los lazos de sangre, las promesas rotas y la redención del baile, y desgrana los miedos y avatares de la pérdida de la inocencia.
Juguemos a ser Kiko Amat. Hagamos una clasificación dual categórica y necesariamente excluyente en los términos de su planteamiento que nos ponga contra la pared, que nos obligue a posicionarnos sin medias tintas pero huyendo de maniqueísmos baratos. Pongamos por caso que sólo hay dos tipos de personas. Por un lado, los que se visten de cualquier manera porque eso “no es importante” y escuchan lo primero que les ponen. Los que piensan que, llegada una edad, estar obsesionado con eso de la música es algo así como seguir jugando a las canicas. Por otro, los que eligen cuidadosamente un vestuario que entienden como una proyección más de su personalidad. Los que se quedan ensimismados con la carpeta de un disco que contiene una canción que han tardado años en conseguir y que puede que sólo tenga sentido escuchar en ese fugaz momento, en ese preciso instante de su vida. Adultos —que no “peterpanes”— que, ni pueden, ni quieren darle la espalda al adolescente que llevan dentro porque eso sí que sería una irresponsabilidad. Resumiendo: o estás con ellos, o estás con nosotros. Un antagonismo, sí, pero sin buenos y malos, ojo. ¿Entendéis ya por dónde van los tiros, verdad? ¿Todavía no? En cualquier caso, os aconsejo que leáis atentamente las respuestas de nuestro hombre porque él tiene las claves.

Empecemos por el principio, ¿qué te llevó a dedicarte a escribir?

—De niño era bueno haciendo narraciones, de hecho, era la única asignatura en la que sacaba notas remarcables. Empecé un par de novelas en 8º de EGB; si no recuerdo mal eran estilo Viaje al centro de la tierra pero con toda la peña de mi clase de protas. O sea, que lo de hablar de mi entorno y mis amigos me viene de lejos.

Lo que sucedió es que el mundo cruel —y la clase social a la que pertenezco— me obligaron a olvidarme de este sueño infantil, y me puse a estudiar BUP y COU para hacerme un hombre de provecho. Fracasé, obviamente, y en COU ya me largaba de allí como si me persiguieran los sabuesos del infierno. Después de eso: 5000 trabajos horribles (peón de fábrica de mermeladas, cadena de montaje de SEAT...) y 100.000 fanzines. Luego, prensa musical (y más fanzines). Y, tras años y años de hacer artículos, volví a pensar un día en mi sueño infantil, y que quizás estaría bien escribir una novela.

Escribiendo sobre música, aunque sea indirectamente a través de novelas, y con la escasa cultura que a este respecto hay en nuestro país, ¿no piensas que de alguna manera te cierras las puertas a muchos lectores?, ¿no te preocupa que te encasillen como un escritor pop o cualquier otra ocurrencia?

—Creo que lo de escribir sobre música es cierto en parte. No soy un escritor posmoderno, y mis novelas nunca son excusas para hilvanar malamente cuatro conceptillos pop. Para mi lo más importante son las emociones, los personajes, la trama... En este sentido, soy muy clásico. Si fuese pintor, haría arte figurativo (y si fuese músico, haría rock'n'roll). Por tanto —digo esto con conocimiento de causa— lo de la música nunca es un impedimento para leerme. Muchos de mis fans no han escuchado jamás a los Chords o Mose Allison. Para ellos —y para mí— hay otras cosas que les gustan de mis novelas: el ritmo, la forma en que está escrito, los protagonistas... Lo de que me encasillen como un escritor pop no me gusta demasiado (y menos cuando también aplican el epíteto a autores que están en las an-tí-po-das de lo que hago, como Fernández Mallo o Javier Calvo; gente que trabaja en una dirección que va opuesta a la mía) pero uno no puede perder el sueño con estas cosas. Y si al menos sirve para que la gente no piense que eres un plomazo como los escritores clásicos de este país, pues algo que tenemos ganao.

“Rompepistas” parece dejar saldadas algunas cuentas pendientes, cerrar una etapa, incluso compuertas mentales.

Rompepistas es el libro que siempre quise escribir. Lo anterior era una forma de llegar a esto: cualquiera que me haya leído desde hace años podrá recordar artículos de homenaje a los chicos con botas (algunos de 1996), o partes de mis novelas en que —un poco por la cara— se insinuaba un pasado de latas de cerveza en la calle y northern y puñetazos en los hombros y anfetamina. Hay un fragmento en El día que me vaya ... que dice exactamente esto, y que no viene a cuento en la historia ni de coña; y es por el ansia de hablar algún día de nuestros 17 años en Sant Boi. Esta es la historia que yo tenía que contar, y siempre había sentido una especie de responsabilidad respecto a ser su acarreador, su guardián. Para mí, contar esto era un deber; si no lo hacía yo no lo iba a hacer nadie, y nuestra adolescencia se perdería para siempre (pues el resto de mis amigos no escriben, como es lo habitual). El peso que me he quitado de encima, no lo queráis saber.

¿Se escribe mejor cuando se hace de lo que se conoce, de lo que se vive en primera persona, o la imaginación puede suplir a la experiencia vital? O lo que es lo mismo pero preguntado de forma abiertamente indiscreta, ¿dónde termina la autobiografía y empieza la ficción en tus novelas?

Autobiografía y ficción están entremezcladas constantemente en mi trabajo—No tengo ni idea si se escribe mejor hablando de lo que se conoce, pero sí sé que es lo único que me interesa hacer. Derribar corazas, eliminar piruetas, arrancar pretenciosidades y hablar de mí, de mis amigos, de nuestras vidas, de las cosas que he visto, en 1ª persona y mezclándolo todo con ficción pura y humor es lo que busco hacer y lo que me divierte (en mis novelas y en las de otros, ojo). En mi caso, hablar de campos de concentración, de la burguesía castellana de principios de siglo, ambientar historias en Japón o Nueva York... me parecería muy deshonesto, además de una pérdida de tiempo. No sé nada de esas cosas, pero sí sé muy bien lo que he visto en mi pueblo; y, además, como te decía antes, tengo la responsabilidad de contar algunas de esas historias ( nuestra historia) que permanecen inéditas.

Autobiografía y ficción están entremezcladas constantemente en mi trabajo. Nelson Algren llamaba a lo suyo “periodismo emocional” y quizás lo que hago yo sea algo así. Lo que sucede es que, como le pasa a Nik Cohn, “nunca he dejado que la verdad se interpusiera en mi camino”. Me gusta mitificar, embellecer, romantizar y dramatizar lo que he visto; así que nada de lo que termina en mis novelas es real, finalmente. Uno tiene que hacer apuestas sobre qué es verdad y qué me he inventado: ¿Realmente se cagó en los pantalones tras una pelea? ¿Existió Carnaval? Mis labios están sellados, amigos.

Cuando habitualmente se habla de música, escritura o arte “comprometido”, abundan las poses estudiadas, cuando no el puro negocio, ¿cómo definirías tu compromiso, si es que lo tienes?

Cuando oigo la palabra “arte” echo rápidamente mano a mi revolver—Por culpa de Cosas que hacen BUM y su constante —y jocoso, y lúdico—namedropping de vanguardias y escritores raros hay gente que se cree que ése es mi bagaje, y por eso cuando me río de los situacionistas en artículos siempre salta algún desinformado diciendo que ahí estoy yo “asesinando a mis padres”. Lo cierto es que todo eso lo aprendí con los años y las lecturas obsesivas, y esas tradiciones —esos “padres”— no son los míos ni de coña: yo vengo de lo mod más pandillero (punks con parkas), skinheads, extrarradio, reggae y punk rock, Jam y Dexys, ska y northern, peleas y carreras, anfetas y Xibecas. Así que no soy yo el que tiene que hablar de “arte comprometido”; para eso ya están los escritores socioculturales y los ensayos sobre “afterpop”. Yo, cuando oigo la palabra “arte” echo rápidamente mano a mi revolver.

Parece ser que por el simple hecho de ser escritor y joven, por defecto se queda etiquetado en algún movimiento generacional inventado ad hoc , como por ejemplo “La Generación Nocilla”, ¿qué opinas del grupo así bautizado por la crítica?

No me interesan los ejercicios de estilo—Vaya, involuntariamente ya te he semi-contestado a esto antes. No me interesan los ejercicios de estilo, y la Generación Nocilla , como sabe cualquiera que los haya leído, se basa exclusivamente en esto. Ejercicios de estilo, descontextualización de la narrativa, separación entre el autor y aquello de lo que escribe, piruetas verbales, ausencia de trama, socialdemocracia en prosa. Ya sabes: “El 13 de mayo de 1956, Johhny Mandungas fue a su laboratorio de la central Nuclear de Akron y...”. Cosa sin anclaje firme que no pertenece a ningún lado. En fin. Todo esto no podría interesarme menos. Es un capricho de niños ricos que quieren ser artistas de algún modo (cualquiera), y en todo ello no hay vísceras, ni cojones, ni vida real, ni emoción, ni heroísmo. Es literatura escrita desde el cinismo, la frialdad intelectual y el fluctuar posmoderno, y por tanto es anatema para mí. Yo quiero contexto y sinceridad, quiero raíces y declaraciones de principios, carcajadas y emociones y peleas y grandes discazos.

Nos gusta leer, así que te agradeceríamos mucho que nos dijeras qué libros y autores te han influido más.

—Casi todos son ingleses o americanos: John Fante, Bukowski, Alan Sillitoe (La soledad del corredor de fondo), Nelson Algren (A walk on the wild side), Ken Kesey (Sometimes a great notion), Terry Southern, Nik Cohn ( I am the greatest says Johnny Angelo ), BS Johnson, Kenneth Patchen ( Memories of a shy pornographer ), Jim Dodge, Edward Limonov (It's me, Eddie), el The fuck-up de Arthur Nersesian, Night and the city de Gerald Kersh, S.E. Hinton (gran influencia en Rompepistas), Richard Brautigan (gigante influencia en El día que me vaya...), Joseph Heller (el de Something Happened , sobre todo), el Young man with a horn de Dorothy Baker, Look back in anger de John Osborne, Billy Liar de Keith Waterhouse, Lucky Jim de Kingsley Amis, la trilogía londinense de Colin McInnes, Barbazul de Vonnegut, el grandísimo Harry Crews...

De ahora me gustan Ben Richards, Tibor Fischer, John King ( Human punk ), el primer Irvine Welsh, Alan Warner (Morvern Callar), Stewart Home , Sam Lipsyte (Hogar dulce hogar es el libro más divertido que he leido en mucho tiempo), George Saunders...

Y de aquí soy fan de tres autores: el fallecido maestro Francisco Casavella (mis favoritos son El triunfo y El secreto de las fiestas) y dos jóvenes: Carlos Herrero (Prosperidad) y el MUY prometedor Pablo Rivero, de Gijón. A su acojonante debut, La balada del pitbull , lo considero primo hermano de Rompepistas .

¿Tienen algo en común dandismo y situacionismo?

—No especialmente. El dandismo es esencialmente hedonista, y puede venir de alguien como el protagonista de A Rebours de Huysmans, un tío con bata de cachemir que no sale de casa y se autopractica enemas. Aunque algunos dandies famosos (como Wilde) fueran furibundos socialistas, otros han sido enardecidos fachorros. El situacionismo, al menos en teoría (y qué pesadas son algunas de sus teorías), busca finalmente una revolución de estilo marxista, sólo que con pinceladas de milenarismo nihilista (“tiene que arder todo”, “Mejor barbarie que socialismo”, y tonterías preescolares de ese calibre). Lo que quiero decir es que, por mucho que lo mareen los observadores “neutrales” de la posmodernidad y intenten arrancarle su parte revolucionaria, el situacionismo es revolucionario y busca un levantamiento de la clase obrera.

Otra cosa es que te interesen las dos cosas en grado sumo (como es mi caso) y plantees maneras de aunarlas en un universo sólido donde encajen ambas. Es posible, pero hay que pillar aspectos concretos de cada cosa.

¿Eres de los que piensas que el futuro de la literatura está en la red, sino ya el presente?

—No. Odio la red.

¿Qué consejo darías a cualquiera que tenga algo que contar y se enfrente a una página en blanco?

—Piensa en lo que te gustaba a los 16 años. Piensa en ti y en tus amigos. Utiliza tu lenguaje. No le temas a la jerga. Pon “polla” e “hijoputa” todas las veces que sea necesario. Habla de lo que te interesa y te es cercano. No intentes deslumbrar a la alta cultura; ignora a la alta cultura. Saca tus influencias de lo que te apasiona de veras: si son las videoconsolas (o como se llamen ahora), así sea. No intentes formar parte de la literatura seria. No hagas nada que pueda ser calificado como “serio”. No hables de cosas y lugares que no conoces; tendrás que wikipedizar, y no hay nada más triste que eso. No le temas al humor. Y, sobre todo, no le temas a la emoción. Como decía —más o menos— John Osborne: “ Don't be afraid of emotion; You won't die of it ”.
Artículos relacionados:
Comentarios
comments powered by Disqus
 
< Anterior   Siguiente >
Clic para desplegar
Abrir reproductor en Pop-Up

Box Sept.2012 / by Herminio Afonso Live Mix At Promodiscopy Music
Webs recomendadas
Acceso usuarios





¿Recuperar clave?
¿Quiere registrarse? Regístrese aquí
elojocritico.net se edita en Jaén (España, UE). C/ Callejuelas Altas, 34. 23100 Mancha Real (JAÉN) 
Teléfono para cualquier consulta o duda: 678 522 780 | Fax: 953 35 09 92 | Potenciado por Joomla | Diseño: MRDIGITAL93.com
Sobre elojocritico.net
Boletín de actualizaciones
Redes sociales
Última actualización: 26 / 02 / 2016